El caso es que El Pájaro y yo estudiamos juntos para maestros de primaria y desde aquellos años él ya tenía la misma pinta que tiene hoy y eso siempre le generó problemas porque su aspecto se apartaba mucho de la norma acerca de cómo debía presentarse frente a un grupo de alumnos. A mí me parecía fascinante. Se veía tan libre y tan auténtico que desde que lo conocí busqué conversar con él. Siempre le gustó la música, especialmente la latinoamericana y eso era algo que teníamos en común.
Cuando nos graduamos le perdí la pista. Muchos años después me enteré que al fin había conseguido concretar uno de sus sueños: abrió una peña de música latinoamericana en el centro de Monterrey y lo llamó La Tumba. El Pájaro siempre tuvo un sentido del humor agudo y negro y eligió ese nombre por el evidente juego de palabras entre el instrumento musical y la sepultura.

Desde que abrió su "musicantro cultubar" como él lo llama, yo lo visité cada vez que pude. Conoció a cada una de mis novias, disfruté cantando esa música que tanto me gusta... que me lo pasé bomba en la Tumba, pues.
El caso es que poco antes de venir a vivir acá, fuí a despedirme de él y me acompañaron unos amigos. Cuando les contamos la cantidad de años que teníamos de conocernos le preguntaron si yo había sido siempre igual y él les dijo que si y agregó que además él me tenía en un sitio especial porque cuando eramos tan jóvenes mucha gente no le hablaba o directamente lo trataba mal por su aspecto y que yo nunca había hecho eso sino que al revés, siempre había sido muy cálida con él... ¡me dejó tan sorprendida!
Todo esto viene a cuento porque anoche mi güera y yo fuimos a un concierto de Pedro Guerra, que está presentando su nuevo disco "Alma Mía" y fue una experiencia tan cálida, tan bonita... de tanta complicidad que por un momento sentimos que estábamos de nuevo en La Tumba, con El Pájaro.
Les dejo un trocito de la canción que da nombre al disco y que por mucho tiempo fue uno de mis himnos.





